viernes, 22 de enero de 2016

Dolor éxtasis


Era una reproducción del San Sebastián de Guido Reni que se encuentra en la colección del Palazzo Rosso de Génova.
El negro y levemente inclinado tronco del árbol de la ejecución destacaba sobre un fondo a lo Tiziano, formado por un bosque melancólico y un cielo sombrío y distante.
Un joven de notable belleza estaba, desnudo, atado al tronco del árbol.
Tenía las manos cruzadas en alto, por encima de la cabeza, y las cuerdas que le ceñían las muñecas estaban a su vez atadas al árbol.
No se veían más ligaduras, y la desnudez del joven sólo la paliaba un burdo paño blanco, flojamente anudado a la altura de las ingles.
Supuse que se trataba de la representación de martirio de un cristiano.
Pero como la obra se debía a un pintor de la escuela ecléctica surgida del Renacimiento, incluso la pintura de la muerte de un santo cristiano desprendía un fuerte aroma a cultura pagana.
En el cuerpo del joven, que recordaba el de Antínoo, el amado de Adriano, cuya belleza tantas veces ha inmortalizado la escultura, no se veían rastros del duro vivir o de la decrepitud que en tantas representaciones de santos se ven.
Contrariamente, en aquel cuerpo sólo había juventud primaveral, luz, belleza y placer.
Su blanca e incomparable desnudez resplandece sobre el fondo crepuscular.
Sus brazos musculosos, brazos de guardia pretoriano acostumbrados a tensar el arco y a blandir la espada, están alzados en grácil ángulo, y sus muñecas atadas se cruzan inmediatamente encima de la cabeza.
Tiene la cabeza levemente alzada y los ojos abiertos de par en par, contemplando con profunda tranquilidad la gloria de los cielos.
No es dolor lo que emana de u terso pecho, de su tenso abdomen, de sus caderas levemente inclinadas, sino una llama de melancólico placer, como el que produce la música.
Si no fuera por las flechas con la punta profundamente hundida en el sobaco izquierdo y en el costado derecho, parecería un atleta romano descansando de su fatiga, apoyado en un oscuro árbol de un jardín.
 Las flechas se han hundido en la carne tersa, fragante y juvenil, y pronto consumirán el cuerpo, desde dentro, con llamas de supremo dolor éxtasis.
Pero la sangre no mana, y no hay aún la multitud de flechas que se ven en otras representaciones del martirio de san Sebastián.
Esas dos solitarias flechas proyectan sus calmas y gráciles sombras en la tersura de su piel, como las sombras de una rama en una escalinata de mármol.
Pero todas estas observaciones e interpretaciones son posteriores.
Aquel día, en el instante en que mi vista se posó en el cuadro, todo mi ser se estremeció de pagano goce.
Se me levantó la sangre y se me hincharon las ingles como impulsadas por la ira.
Aquella parte monstruosa de mi ser que estaba a punto de estallar esperó que la utilizara, con un ardor sin precedentes, acusándome por mi ignorancia, jadeando indignada.
Mis manos, de forma totalmente inconsciente, iniciaron unos movimientos que nadie les había enseñado.
Sentí que algo secreto y radiante se elevaba, con paso rápido, para atacarme desde dentro de mí.
De repente estalló y trajo consigo una cegadora embriaguez...
“Confesiones de una máscara” Yukio Mishima

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